Camino vocacional

La vocación religiosa es un don del amor incondicional de Dios. No es dado al hombre por sus méritos personales, cualidades o posibilidades. La vocación religiosa es un palpitar del alma, que comienza a buscar algo superior, diferente, que supera lo humano. El misterio de la vocación divina se manifiesta en las profundidades del alma, especialmente en la oración,  en la soledad y en el silencio pero también en el encuentro con las personas que están cerca de Dios y en otros acontecimientos.

El Señor desea que, quien es llamado responda a este amor con corazón indiviso, le done su voluntad y todas sus posibilidades. La única seguridad que la persona tiene en el momento del llamado es una fe viva en la fuerza divina y sus  promesas. Cuando la persona anhela a Dios, está dispuesta a cambiar su vida , sin estar plenamente conciente de ello. Este cambio es advertido también por los demás.

En el camino de la vocación religiosa, la persona se encuentra también con obstáculos, que lo distraen y desvían de la meta. Muchas veces son una larga y penosa “batalla” con la naturaleza humana, que desea realizarse en la vida según sus propios parámetros y se opone a la voz perseverante en las profundidades del corazón. Los obstáculos, para quien siente el llamado, pueden provenir de los más cercanos, que no pueden entender su nuevo estilo de vida.

La lucha interior y la superación de los obstáculos exteriores muchas veces exigen gran valentía y especialmente paciencia consigo mismo y con los demás. Pero quien se entrega totalmente a Dios, está más cerca de la meta a la cual lo invita el Señor.

Cuando Dios llama a la vida religiosa, habitualmente llama a una congregación en la cual la persona podrá poner en práctica los dones y cualidades recibidas. Cada persona, con todo lo que es, enriquece la congregación y ésta enriquece a la persona. Así se encuentran y desarrollan el carisma personal y el comunitario.

Textos de la sagrada escritura sobre la vocación